Camino de Guadalupe
Acontecimiento Guadalupano · Capítulo 8 de 15
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Acontecimiento Guadalupano
Capítulo 8

Segunda Aparición

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Hoy descubrirás: Comprender que María elige y confirma a Juan Diego personalmente, y que la casita sagrada requiere la colaboración del mensajero indígena y del obispo.

Idea central: María confirma personalmente a Juan Diego como su mensajero y une su misión con la autoridad del obispo para edificar una nueva civilización fundada en Cristo.

¿Alguna vez pensaste que otra persona podía cumplir mejor una tarea que te correspondía a ti?

Juan Diego entra en la ciudad y se dirige al palacio del recién llegado obispo fray Juan de Zumárraga. Después de una larga espera, es recibido y comunica el mensaje de la Reina del Cielo, junto con todo lo que ha visto y escuchado. El obispo atiende su relato, pero todavía no lo tiene por cierto: le pide que vuelva para examinar con calma la razón de su visita y su petición. Juan Diego sale triste porque su encargo no se realiza de inmediato y regresa al Tepeyac, donde la Virgen lo espera.

En este capítulo
01

El regreso de Juan Diego al Tepeyac

SEGUNDA APARICIÓN DE LA VIRGEN:

47. Luego se volvió, al terminar el día, luego de allá se vino derecho a la cumbre del cerrillo, 48. y llegó delante de Ella, la Reina del Cielo: allí cabalmente donde la primera vez se le apareció, allí lo estaba esperando. 49. Y en cuanto la vio, ante Ella se postró, se arrojó por tierra, le dijo: 50. “Patroncita, Señora, Reina mía, Hija mía la más pequeña, mi Muchachita, ya fui a donde me mandaste a cumplir tu venerable aliento, tu venerable palabra. Aunque difícilmente entré a donde es el lugar del Gobernante Sacerdote, lo vi, ante él expuse tu venerable aliento, tu venerable palabra, como tú me lo mandaste. 51. Me recibió amablemente y con atención escuchó, pero, por lo que me respondió, como que su corazón no lo reconoció, no lo tuvo por cierto. 52. Me dijo: ‘Otra vez vendrás; aún con calma te escucharé, bien aún desde el principio veré por lo que has venido, lo que es tu deseo, lo que es tu voluntad. 53.

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Juan Diego propone otro mensajero

Bien en ello miraré,” según me respondió; que piensa que tu venerable casa divina que quieres que aquí te hagan, tal vez yo nada más lo invento, o tal vez no viene de tus venerables labios. 54. Por esto, mucho te suplico, Señora mía, Reina mía, Muchachita mía, que a alguno de los estimados nobles, que sea conocido, respetado, honrado, le encargues que conduzca, que lleve tu venerable aliento, tu venerable palabra para que le crean. 55. Porque en verdad yo soy un hombre del campo, soy la cuerda de los cargadores, en verdad soy parihuela, sólo soy cola, soy ala; yo mismo necesito ser conducido, llevado a cuestas, no es lugar de mi andar ni de mí detenerme allá a donde me envías, mi Muchachita, mi Hija la más pequeña, Señora, mi Niña. 56. Por favor, dispénsame, afligiré con pena tu rostro, tu corazón; iré a caer en tu enojo, en tu disgusto, Señora Dueña mía.”

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María confirma personalmente a su mensajero

57. Le respondió la Perfecta Virgen, digna de honra y veneración: 58. “Escucha, tú, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quien encargue que lleven mi aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad; 59. pero es necesario que tú, personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. 60. Y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. 61. Y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, edifique mi casa sagrada que le pido. 62. Y bien, de nuevo dile de qué modo yo, personalmente, la siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios, te envío a ti como mi mensajero.” 63.

Juan Diego, por su parte, le respondió, le dijo: “Señora mía, Reina mía, Muchachita mía, que no angustie yo con pena tu rostro, tu corazón; en verdad con todo gusto iré, a poner por obra tu venerable aliento, tu venerable palabra; de ninguna manera lo dejaré de hacer, ni tengo por molesto el camino. 64. Iré ya, a cumplir tu voluntad, pero tal vez no seré oído y, si fuere escuchado, quizá no seré creído. 65. Pero en verdad, mañana en la tarde, cuando se meta el sol, vendré a devolver a tu venerable aliento, a tu venerable palabra, lo que me responda el Gobernante Sacerdote. 66. Ya me despido de Ti respetuosamente, Hija mía la más pequeña, mi Muchachita, Señora, Niña mía, descansa otro poquito”. 67. Y luego él se fue a reposar a su casa

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Juan Diego acepta de nuevo la misión

SEGUNDO ENCUENTRO CON EL OBISPO:

68. Al día siguiente, Domingo, bien todavía en la nochecilla, todo aún estaba oscuro, de allá salió de su casa hacia acá derecho a Tlatelolco, vino a aprender las cosas divinas y a ser contado en lista; luego para ver al Gobernante Sacerdote. 69. Y a eso de las diez fue cuando ya estuvo preparado, así ya había oído Misa y fue contado en la lista, y toda la gente se había ido. 70. Pero él, Juan Diego, luego fue al palacio, la casa del señor Obispo. 71. Y en cuanto llegó, puso todo su empeño para verlo y, con mucha dificultad, otra vez lo vio. 72. A sus pies se arrodilló, lloró, se puso triste al hablarle, al descubrirle el venerable aliento, la venerable palabra, de la Reina del Cielo. 73. Que ojalá fuera creída la embajada, la voluntad de la Perfecta Virgen, de hacerle, de erigirle, su casita sagrada, en donde Ella lo había dicho, en donde Ella la quería. 74.

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La perseverancia del mensajero

Mas el gobernante Obispo muchísimas cosas le preguntó, le investigó, para poder cerciorarse, dónde la había visto, cómo era Ella. Todo, absolutamente, se lo refirió al Señor Obispo. 75. Y aunque todo, absolutamente, se lo declaró y todo lo que vio, lo que admiró, que aparecía con toda claridad que Ella era la Perfecta Virgen, la Amable, Maravillosa Madre de Nuestro Salvador, Nuestro Señor Jesucristo; 76. sin embargo, no luego se cumplió su deseo. 77. Dijo el Obispo que no sólo por su palabra, su petición se haría, se realizaría lo que él pedía, 78. que era muy necesaria alguna señal para que bien pudiera ser creído cómo a él lo enviaba como mensajero la Reina del Cielo en persona. 79. Tan pronto como lo escuchó Juan Diego, le dijo al Obispo: 80. “Señor Gobernante, considera cuál será la señal que pides, porque luego iré a pedírsela a la Reina del Cielo que me envió.” 81.

Y como vio el Obispo que él ratificaba, que en nada vacilaba ni dudaba, luego lo hizo irse. 82. Y en cuanto se va, en seguida el Obispo manda a algunos de los de su casa, en los que tenía absoluta confianza, que lo vayan a seguir, que bien lo observaran a dónde iba, a quién veía, con quién hablaba. 83. Y así se hizo. Y Juan Diego se fue derecho, siguió la calzada. 84. Pero los que lo seguían, donde se abre la barranca, cerca del Tepeyac, en el puente de madera, lo vinieron a perder. Y aunque por todas partes buscaron, en ninguna parte lo vieron. 85. Y así se volvieron, no sólo porque con ello se fastidiaron grandemente, sino también porque él los disgustó, los hizo enojar. 86.

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El obispo discierne y pide una señal

Así le fueron a contar al Señor Obispo, le metieron en la cabeza que no le creyera, le dijeron cómo nomás le contaba mentiras, que sólo inventaba lo que venía a decirle, o que sólo soñaba o imaginaba lo que le decía, lo que le pedía. 87. Y bien así lo determinaron que si otra vez venía, regresaba, allí lo agarrarían, y fuertemente lo castigarían, para que ya no volviera a decir mentiras ni a alborotar a la gente.

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La humildad de Juan Diego

Elementos significativos de la Segunda Aparición

“Hija mía la más pequeña”: Llama la atención que Juan Diego denomine de esta forma a la Virgen sabiendo que es la Madre de Dios, pero no olvidemos que él es un señor de 57 años y la Virgen María, embarazada de Jesús, es apenas una muchachita de 15 ó 16 años, según la tradición cristiana. La palabra en náhuatl que usa Juan Diego para expresarse así es Noxocoyohué, y es un concepto lleno de amor y respeto, propio de los indígenas, que incluso aún se conserva al denominar, no sólo a la hija, sino a toda mujer amada Hijita, Mi hijita.

“Soy un hombre del campo, soy la cuerda de los cargadores, en verdad soy parihuela”: estas palabras autodenigratorias, no eran signo de minusvalía o acomplejamiento, sino expresiones de rigor en la etiqueta india al recibir una tarea honrosa. El elegido para Tlatoani (máximo gobernante tanto militar como religioso), no cesa de llamarse “criado y nacido entre estiércol” como recoge Sahagún en su Historia General de las Cosas de la Nueva España: “Bien sé que me tenéis conocido, que soy un pobre hombre y de baja suerte, criado y nacido entre estiércol, hombre de poca razón y de bajo juicio, lleno de muchos defectos y faltas, ni me sé conocer ni considerar quién soy: habéis hecho un gran beneficio, gran merced y misericordia, sin merecerlo, ya que, tomándome del estiércol, me habéis puesto en la dignidad y trono real”.

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Un mensajero necesario

Un indio, por muy indignado o aterrado que estuviese siempre trataría de ocultarlo, precisamente porque era esa la máxima derrota y la única de veras humillante: perder la compostura, alterar su “rostro sabio y su corazón de roca”. Asimismo, el confesarse indigno e inepto para cualquier cargo honroso era típico y hasta obligatorio en todo mexicano bien educado.

“Cola y ala”: significa hombre vulgar, inculto, pueblo, vasallo… pero también tiene un sentido positivo: ave que tiene ala y que tiene cola.

“Ser conducido, ser llevado a cuestas”: era otra de las frases de rigor en la toma de posesión del Tlatoani “¿Cómo tengo de llevar esta carga del regimiento de la gente popular, que soy ciego y sordo, que aún a mí no me sé conocer ni regir (…) yo soy el que tengo necesidad de ser regido y de ser traído a cuestas, pues que tenéis muchos amigos y conocidos a quien podéis encomendarle cargo”?

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Puntos importantes

La Virgen María pide a un indígena recién converso que sea transmisor de la fe católica. Era necesario que por medio de él se construyera la casita sagrada, con todo el significado que para los indígenas tenía la edificación de un nuevo templo.
Nada podía hacerse sin la autoridad del obispo. María une la tradición y la nueva fe: el mensajero indígena y el obispo han de edificar, literal y simbólicamente, una nueva civilización, la del amor proclamado en el Evangelio.
Ella es nuestra Madre, hay un único Dios y hemos sido redimidos en Cristo. Ahora todos somos hermanos.

La luz del Tepeyac

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Glosario

Convento de San Francisco

Su fundación se remonta a 1524, con la llegada de la Orden de Frailes Menores de Observancia encabezados por Fray Martín de Valencia. Al poco tiempo de llegar estos 12 primeros franciscanos, se asentaron en la gran Tenochtitlan, ahora la Nueva España, y comenzaron a construir el convento de San Francisco el Grande en lo que actualmente es la calle de Francisco I. Madero, número 7. Se edificó sobre lo que fue el zoológico de Moctezuma. A causa de incontables derrumbes, reconstrucciones y expropiaciones, el complejo ha sufrido varias modificaciones de tal forma que, de los huertos, jardines, panteón y claustros que lo integraban sólo queda la Iglesia y la Capilla de Valvanera. En su apogeo, el enorme complejo lo ocupaba todo en la zona. Incluía la primera y más importante escuela para indígenas, y otras múltiples estructuras.

Datos curiosos

Sabías que....

Un dato...

El Palacio en el que tiene lugar el encuentro entre Juan Diego y el obispo Zumárraga se sitúa en la actual calle de la Moneda número 4 de la Ciudad de México.

Un dato...

en los primeros años de la evangelización no era raro que a veces los franciscanos dudaran de que fueran ciertas las conversiones de los indígenas.

Zumárraga designó, en los espacios que fueran parte del centro ceremonial mexica, el lugar donde sería levantado el edificio del obispado.

Tomando como base la cimentación de lo que había sido el templo de Tezcatlipoca, se comenzó en 1530 la construcción de lo que sería su sede definitiva. En 1546, el papa Paulo III concedió al obispado de México el rango de arzobispado, calidad con la cual fray Alonso de Montúfar, segundo portador de esa distinguida mitra concluyó el edificio hacia 1554. En 1629, la Ciudad de México sufrió una gran inundación y el edificio quedó sepultado, siendo posteriormente reconstruido. En pleno auge del barroco, el edificio fue reconstruido a iniciativa del arzobispo Juan Antonio Vizarrón y Eguiarreta, quien gobernó la diócesis hasta 1749 y a quién debe atribuirse el aspecto que actualmente ofrece el edificio. El interior conserva dos patios que han sufrido diversas modificaciones, de hecho, fue severamente dañado por los terremotos de 1985 y en su restauración se encontró una antigua plataforma del Templo de Tezcatlipoca, así como varios objetos de la cultura mexica.

Con el paso de los siglos la construcción fue creciendo en majestuosidad hasta llegar a ser el Palacio que hoy conocemos, siendo uno de los bienes protegido por la Nación y ahora es el Museo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, en donde alberga parte de su colección de arte.

El temor de que la piedad india fuera idolatría disfrazada subsistió durante largo tiempo en todos los misioneros y llegó a ser para algunos una obsesión. La actitud de Zumárraga ante un indio recién converso que pretendía haber hablado con la Madre de Dios y ser portador de una petición tan curiosa, como que edificase un templo nada menos que en el preciso lugar donde se había dado culto antes a una divinidad mexica que llamaban Tonantzin, tenía que ser reservada, como poco. De ahí que el obispo no cediese inmediatamente a su petición. Pero también vemos, como recoge el Nican Mopohua, que en verdad estaba intrigado por el mensaje que Juan Diego le estaba llevando, por eso mucho le investigó y mucho le preguntó. El corazón del obispo debía de ser un cúmulo de inquietudes e interrogantes ya que, recordemos, él mismo había pedido a Dios que intercediera de algún modo en estas tierras porque si no, era muy probable que la misión no llegara a buen puerto.

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Juanito