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Acontecimiento Guadalupano · Capítulo 15 de 15
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Acontecimiento Guadalupano
Capítulo 15

Ser apóstol según Juan Diego

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Hoy descubrirás: Cómo Juan Diego vivió su misión y transmitió el Acontecimiento Guadalupano.

Idea central: Juan Diego entregó su vida al servicio de la Virgen y comunicó su mensaje de corazón a corazón.

¿Qué significa ser apóstol según Juan Diego?

Desde el siglo XVI, existen documentos en donde se sabe de la vida y fama de santidad de Juan Diego. Uno de los más importantes fue, sin lugar a duda, las llamadas Informaciones Jurídicas de 1666, importante Proceso Canónico, aprobado después por la Santa Sede y constituido como Proceso Apostólico.

En este capítulo
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Ser apóstol según Juan Diego

Desde el siglo XVI, existen documentos en donde se sabe de la vida y fama de santidad de Juan Diego. Uno de los más importantes fue, sin lugar a duda, las llamadas Informaciones Jurídicas de 1666, importante Proceso Canónico, aprobado después por la Santa Sede y constituido como Proceso Apostólico, cuando se pidió la aprobación para celebrar la Fiesta de la Virgen de Guadalupe el 12 de diciembre. Estas Informaciones están constituidas por testimonios de ancianos vecinos de Cuautitlán quienes testificaron y confirmaron la vida ejemplar de Juan Diego. Juan Diego, efectivamente, era para el pueblo “un indio bueno y cristiano”, o un “varón santo”.

Ya sólo estos títulos bastarían para entender la fortaleza de su fama, pues los indios eran muy exigentes para atribuir a alguno de ellos el apelativo de “buen indio” y mucho menos atribuir que era tan “bueno” que llegaba a considerarse ya “santo” como para pedirle a Dios que a sus propios hijos o familiares los hiciera igual de buenos y santos como a Juan Diego.

Gracias a las fuentes históricas, conocemos las circunstancias de lo que fue la vida normal de Juan Diego, su familia, sus casas y tierras, y su actitud decidida a retirarse de toda comodidad para ir a vivir y servir en la ermita recién construida, según la voluntad de Nuestra Señora de Guadalupe, a los pies del cerro del Tepeyac, en donde fue colocada la sagrada Imagen.

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Juan Diego al servicio de la ermita

Después de las apariciones, Juan Diego se entregó plenamente al servicio de María Santísima de Guadalupe, pero le apenaba mucho que su casa se encontrarse tan distante. Él quería estar cerca de Ella todos los días, barriendo el templo (que para los indígenas era un verdadero honor), transmitiendo lo que había visto y oído, y orando con gran devoción, por lo que Juan Diego suplicó al señor Obispo poder estar en cualquier parte que fuera, junto a las paredes del templo, y servirle. El Obispo, que estimaba mucho a Juan Diego, accedió a su petición y permitió que se le construyera una casita junto a la Ermita de la Señora del Cielo.

Viendo su tío Juan Bernardino que su sobrino servía muy bien a Nuestro Señor y a su preciosa Madre, quería seguirle, para estar juntos, “pero Juan Diego no accedió. Le dijo que convenía que se estuviera en su casa, para conservar las casas y tierras que sus padres y abuelos les dejaron”, como queda recogido en el Nican Motecpana. Juan Diego vivió con permanente sentido de misión y nunca descuidó la oportunidad de narrar la manera en que había ocurrido el encuentro maravilloso con la Virgen de Guadalupe.

La sencillez de Juan Diego y su disposición para aceptar y propagar el mensaje de la Virgen es lo que lo convierte en un personaje fundamental no solo para la devoción guadalupana, sino también para la conformación de una nueva identidad religiosa en el México colonial. Antes de las apariciones, podríamos decir que la evangelización, vivida en perspectiva indígena, venía a ser algo absolutamente inicuo e inaceptable. Por un lado, el ejemplo de algunos cristianos laicos era reprobable ya que los explotaban, y de parte de los misioneros, que los defendían y amparaban, en algunos casos pareciera que pretendían despojarlos de su cultura y de la que fue su cosmovisión para darles la nueva fe en Jesucristo.

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La misión de Juan Diego

Sin embargo, hubo algunas almas sensibles que sí aceptaron la fe, como fue el caso de Juan Diego: un alma limpia de corazón que de algún modo captó que Dios, el Verdaderísimo Dios por quien se vive, mucho más allá de Huitzilopochtli, le ofrecía el máximo de los dones: ser su hijo. Él tuvo el heroísmo de aceptar, y aceptarlo con todas sus consecuencias: renunció a lo anterior, a la fe de sus antepasados con todo lo que eso implicaba, y fue fiel a la nueva doctrina que, entre otras cosas, le decía que amara a los enemigos.

Es muy probable que tuviera que poner la otra mejilla en más de una ocasión a los que seguramente le criticaban por adherirse a esta nueva fe que para los indígenas no tenía fundamento, no estaba enraizada en lo más profundo, en sus ancestros. Juan Diego estuvo siete años (desde 1524 en que se bautizó hasta 1531) no sólo aprendiendo sobre la vida de Cristo, la Iglesia, los sacramentos, sino aferrado a la esperanza de que no se había equivocado.

Cuando el 9 de diciembre de 1531 escuchó los cantos del Tepeyac que antecedían a la visión sobrenatural de la Madre del Cielo, descubrió que no había oposición entre su cultura y su fe, y “entró allá donde dejaron dicho sus antepasados, sus abuelos, en la tierra de las flores” y pudo ser instrumento para que todos sus hermanos indígenas lo entendieran y aceptaran. Él fue el elemento necesario, como dijo Nuestra Madre, para que se diera la evangelización de “todas estas tierras” y transmitiera de igual a igual el mensaje de Jesucristo. La misión permeó toda su vida desde ese instante hasta su muerte. De la fe de Juan Diego todos somos beneficiarios y deudores en México.

Ese sentir guadalupano va más allá de toda lógica cuando nos encontramos a muchas personas que no viven su fe en Cristo, que no van a misa ni viven los sacramentos, incluso que no creen la Iglesia ni en Dios, pero que aman a la Virgen de Guadalupe como verdadera madre que es.

Porque así Ella se nos dio en el Tepeyac y así fueron las primeras palabras que reveló a Juan Diego y que luego él no se cansó de propagar: “Porque, en verdad, yo me honro en ser tu madre compasiva, tuya y de todos los hombres que vivís juntos en esta tierra, y también de todas las demás variadas estirpes de hombres, los que me amen; los que me llamen, los que me busquen, los que confíen en mí. Porque ahí, en verdad, escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores”.

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El mensaje transmitido de corazón a corazón

La pedagogía que emplea la Virgen con Juan Diego es digna de conocer y aplicar en el apostolado para poder lograr los frutos. En primer lugar Ella le sale al encuentro, se le aparece en su cotidianidad. Él está haciendo lo que debe y Ella lo busca en medio de sus circunstancias, de sus obligaciones. Y lo hace de un modo sumamente hermoso, acariciándole con las palabras, haciéndole sentirse muy amado y valorado. Además, la Virgen le muestra su corazón misericordioso cuando Juan Diego le falla y no quiere hacerse cargo de la misión encomendada.

En esos momentos Ella le hace saber que sigue apostando por él, le da la valía y los argumentos necesarios para afrontar lo que le ha pedido y le vuelve a enviar, despojándolo de sus miedos y volviéndole a nombrar como embajador, muy digno de su confianza; y no lo deja solo. Va a ir de su mano hasta el final. Esto hace que Juan Diego tenga el coraje y la fe necesaria para lograrlo. El milagro no sólo fueron las flores de diciembre, no sólo fue la aparición de la Virgen en la tilma, no sólo es la conservación del ayate después de casi 500 años.

El milagro también es la restauración interior que se produjo en Juan Diego y que tiene que producirse en nosotros cada vez que nos sintamos abandonados, rotos, no merecedores, indignos, o que flaqueemos en nuestra misión. En esos momentos hay que volver a escuchar las mismas palabras que la Virgen le dedicó a Juan Diego y que él nos transmitió como el mayor regalo que nos pudo dejar Nuestra Señora: ¿No estoy yo aquí, que tengo el honor y la dicha de ser tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Acaso tienes necesidad de alguna otra cosa?

Juan Pablo II nos dijo que “la síntesis entre cultura y fe no es solo una exigencia de la cultura, sino también de la fe; que una fe que se situase al margen de lo humano y, por tanto, de cultura, sería una fe infiel a la plenitud de cuanto la palabra de Dios manifiesta y revela”. Por eso mismo podríamos preguntarnos ¿cómo iba a ser posible la evangelización “más radical, global y profunda” de un pueblo -el indígena- absolutamente inculturado con su religión, a través de otro -el español- que ni comprendía ni podía comprender esa cultura, si Dios, a través de su Madre, no hubiera contado con la heroica colaboración de este apóstol llamado Juan Diego?

¿Cómo explicar, sin él, lo que no se puede negar: que, pese a todas esas insuperables dificultades, a partir de 1532 “algo” pasó que los indios, todos los indios, acudiesen de súbito y en masa al Bautismo, si apenas dos años antes eran capaces de matar a sus propios hijos que querían imponérselos? ¿Y eso sin que ellos ni los españoles hubieran cambiado en nada: ni a más comprensivos, ni a más tolerantes?

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La pedagogía de la Virgen

¿Cómo hubieran podido nuestros ancestros indígenas aceptar a Cristo, si Ella no les hubiera complementado lo que les predicaban los misioneros, explicándoles en forma magistralmente adaptada a su mente y cultura, que Ella, “la Madre de su verdaderísimo Dios por Quien se vive, del Creador de las Personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediación, del Cielo y de la Tierra, era también “la perfecta Virgen, la amable, maravillosa Madre de Nuestro Salvador, Nuestro Señor Jesucristo?” Si Juan Diego no se hubiera dedicado en cuerpo y alma a transmitir todas las enseñanzas de la Virgen, el mensaje no hubiera calado tan hondo ni se hubiera propagado como lo hizo: de corazón a corazón.

Porque, como le dijo la Virgen, “es necesario que tú, personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad”. La Virgen sabía de esa apremiante necesidad. Tenía que ser un indígena quien trasmitiera el mensaje del Evangelio al resto de indígenas y Juan Diego aceptó la invitación entregando su vida a su Niña del Cielo. Su fuerza religiosa envolvió toda su vida. Dejó sus casas y tierras para ir a vivir a una pobre choza, a un lado de la Ermita, a dedicarse completamente al servicio del templo de su amada Muchachita, la Virgen Santa María de Guadalupe, quien había pedido ese templo para en él ofrecer su consuelo y su amor maternal a todos los hombres y mujeres.

Juan Diego vivió con permanente sentido de misión y nunca descuidó la oportunidad de narrar la manera en que había ocurrido el encuentro maravilloso con la Virgen de Guadalupe. La sencillez de Juan Diego y su disposición para aceptar y propagar el mensaje de la Virgen es lo que lo convierte en un personaje fundamental no solo para la devoción guadalupana, sino también para la conformación de una nueva identidad religiosa en el México colonial.

Toda persona que se acercaba a Juan Diego tuvo la oportunidad de conocer de viva voz los pormenores del Acontecimiento Guadalupano, la manera en que había ocurrido este encuentro maravilloso y el privilegio de haber sido el mensajero de la Virgen de Guadalupe, como lo indicó el indio Martín de San Luis cuando rindió su testimonio en 1666: “Todo lo cual lo contó el dicho Diego de Torres Bullón a este testigo con mucha distinción y claridad, que se lo había dicho y contado el mismo Indio Juan Diego, porque lo comunicaba.” Juan Diego se constituyó en un verdadero apóstol y misionero.

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Juan Diego, verdadero apóstol y misionero

Como nos dicen los testimonios de los indígenas de Cuautitlán, el pueblo conoció el gran Acontecimiento Guadalupano por boca del mismo Juan Diego. Posteriormente, fue el mismo pueblo quien se encargó de transmitir este gran Acontecimiento de padres a hijos, de abuelos a nietos; entre vecinos y pobladores de lejanas tierras. La devoción desde sus primeros pasos no fue exclusiva de los indios, sino que se fue extendiendo también entre los españoles, quienes se unieron a los indígenas a realizar impresionantes peregrinaciones al Santuario de Guadalupe. Esta devoción a Santa María de Guadalupe y a su fiel mensajero el humilde indio Juan Diego nunca se ha interrumpido, y sigue viva, no sólo en nuestro pueblo, sino que ha ido más allá de fronteras inimaginables.

El Papa Juan Pablo II, siempre ha declarado la gran importancia del Acontecimiento Guadalupano como el hecho histórico que ha dado estos frutos de salvación y a Santa María de Guadalupe como la que iluminó el camino de la evangelización. Asimismo, para el Santo Padre, Juan Diego cumplió con una misión importante en la entrada de este Acontecimiento: “Desde que el indio Juan Diego hablara de la dulce Señora del Tepeyac, Tú, Madre de Guadalupe, entras de modo determinante en la vida cristiana del pueblo de México.”

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Glosario y datos curiosos

Ser apóstol según Juan Diego Glosario Nican Motecpana: Es un manuscrito elaborado en torno a 1590, escrito en náhuatl y que significa “aquí se pone en orden”. Atribuido a Fernando de Alva Ixtlilxóchitl relata datos muy importantes y puntuales sobre la vida y la muerte de Juan Diego, así como muchos milagros que Dios realizó, por medio de la Virgen de Guadalupe, en los primeros años posteriores a las apariciones del Tepeyac. Este documento tiene como antecedente al Nican mopohua, y es precedente del Nican Tlantica, que a su vez están compendiados en un libro denominado Huei Tlamahuizoltica (El Gran Acontecimiento). Teocalli: Templo mesoamericano, especialmente de los antiguos nahuas, que significa "casa de un dios" en náhuatl.

Estas estructuras solían ser pirámides escalonadas con un templo en la cima, y eran lugares donde se realizaban rituales religiosos importantes y se manifestaba el poder de los dioses. Un ejemplo famoso es el Teocalli de la Guerra Sagrada, un monolito mexica que representa el mito fundacional de Tenochtitlan y el poder del imperio. Datos curiosos Sabías que.... Cuando Juan Diego se casó con María Lucía, quien había muerto dos años antes de las Apariciones, habían escuchado un sermón a fray Toribio de Benavente en donde se exaltaba la castidad, que era agradable a Dios y a la Virgen Santísima, por lo que los dos decidieron vivirla.

Así queda recogido en el Nican Motecpana: “Era viudo: dos años antes de que se le apareciera la Inmaculada, murió su mujer, que se llamaba María Lucía. Ambos vivían castamente.” Como también lo testificó el P. Luis Becerra Tanco: “el indio Juan Diego y su mujer María Lucía, guardaron castidad desde que recibieron el agua del Bautismo Santo, por haber oído a uno de los primeros ministros evangélicos muchos encomios de la pureza y castidad y lo que ama nuestro Señor a las vírgenes, y esta fama fue constante a los que conocieron y comunicaron mucho tiempo estos dos casados”.

Esto no impide que Juan Diego haya tenido descendencia ya hubiera sido antes del bautismo, o por la línea de algún otro familiar, ya que, por fuentes históricas sabemos que Juan Diego efectivamente tuvo descendencia. Uno de los principales documentos que lo atestiguan se conserva en el Archivo del Convento de Corpus Christi en la Ciudad de México, en el cual se declara: “Sor Gertrudis del Señor San José, sus padres caciques [indios nobles] Dn. Diego de Torres Vázquez y Da. María de la Ascención de la región di Xochiatlan […] y tenida por descendiente del dichoso Juan Diego.”

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Datos curiosos · continuación

Un dato... Durante la época prehispánica, Cuautitlán era un pueblo de gran importancia en la ruta hacia Tenochtitlan. Cuando llegaron los conquistadores españoles, sabían qué tan grande era un pueblo por el tamaño de su Teocalli y la cantidad de su población, por lo que Cuautitlán -la ciudad de origen de Juan Diego-, era considerado según fray Bartolomé de las Casas y fray Toribio de Benavente Motolinía, como el cuarto señorío en importancia en el Valle de México. Sabías que....

Tras la caída del imperio mexica, Cuautitlán pasó a ser una encomienda dirigida por Alonso de Ávila quién designó en 1522 como encargados de la evangelización en esta zona, a los frailes franciscanos, quienes después de concentrar su atención en México Tenochtitlán, los primeros lugares que visitaron fueron Cuautitlán y Tepotzotlán, debido a que dos de los hijos de los tlatoanis que se criaban en México iban a heredar aquellas cabeceras. Los frailes menores fueron muy bien recibidos y comenzaron a evangelizar y bautizar a los habitantes de la región.

Resultó de especial atención señalar que los sucesos que originaron el Guadalupanismo acontecieron en 1531 en el Cerro del Tepeyac y en el Barrio cuautitlense de Tlayacac (lugar donde vivió Juan Diego) por lo que, la orientación del clero hacia Cuautitlán después de haber concluido la evangelización en la Ciudad de México, pudo haberse dado porque la mayor manifestación de fe católica fue protagonizada por los cuautitlenses. En el siglo XVI los franciscanos construyeron el convento de San Buenaventura (hoy sitio de la catedral de Cuauhtitlán), del que se hicieron cargo hasta su secularización a mediados del S. XVIII. En la actualidad dicha construcción es sede de la Diócesis de Cuautitlán.

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Puntos importantes

Juan Diego vivió con permanente sentido de misión y nunca descuidó la oportunidad de narrar la manera en que había ocurrido el encuentro maravilloso con la Virgen de Guadalupe.
Juan Diego se constituyó en un verdadero apóstol y misionero.

La luz del Tepeyac

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Glosario

Nican Motecpana

Es un manuscrito elaborado en torno a 1590, escrito en náhuatl y que significa “aquí se pone en orden”. Atribuido a Fernando de Alva Ixtlilxóchitl relata datos muy importantes y puntuales sobre la vida y la muerte de Juan Diego, así como muchos milagros que Dios realizó, por medio de la Virgen de Guadalupe, en los primeros años posteriores a las apariciones del Tepeyac. Este documento tiene como antecedente al Nican mopohua, y es precedente del Nican Tlantica, que a su vez están compendiados en un libro denominado Huei Tlamahuizoltica (El Gran Acontecimiento).

Teocalli

Templo mesoamericano, especialmente de los antiguos nahuas, que significa “casa de un dios” en náhuatl. Estas estructuras solían ser pirámides escalonadas con un templo en la cima, y eran lugares donde se realizaban rituales religiosos importantes y se manifestaba el poder de los dioses. Un ejemplo famoso es el Teocalli de la Guerra Sagrada, un monolito mexica que representa el mito fundacional de Tenochtitlan y el poder del imperio.

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Juanito