Habitado
Cristo vive en mí
La misión comienza reconociendo la presencia y la iniciativa de Dios en la propia vida.
Reconocer que Cristo vive y actúa en mí, y que su presencia me impulsa a salir al encuentro.
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Presentación
La Virgen de Guadalupe no sólo nos dejó una imagen ni solamente un mensaje. En el Tepeyac podemos contemplar también una manera de formar y enviar apóstoles.
Juan Diego es encontrado en el camino, llamado por su nombre, tratado como hijo, enviado, escuchado en sus dificultades, fortalecido en la prueba y confirmado en una misión que lo supera. Poco a poco, aquel hombre sencillo se convierte en portador de un don destinado a muchos.
Algo semejante sucede con todo apóstol.
Antes de preguntarnos qué debemos hacer por Cristo, necesitamos reconocer lo que Cristo ya está haciendo en nosotros. Vive en nosotros desde el Bautismo, nos hace hijos en el Hijo, nos alimenta en la Eucaristía, nos reúne con otros, nos madura en la prueba y quiere prolongar su amor a través de nuestra vida.
Pero esa vida recibida no termina en nosotros.
Lo que Cristo hace en mí comienza a transformar mi manera de estar con otros.
La dinámica del itinerario
El método guadalupano quiere ayudar a desarrollar una verdadera inteligencia espiritual de la misión: aprender a leer desde la fe lo que Dios hace en nosotros y traducirlo en una manera concreta de acompañar, formar y enviar a otros. No pretendemos recorrer aquí toda la formación de un apóstol. Estos ocho encuentros quieren ser una puerta suficientemente profunda como para comenzar a mirar de otra manera la propia vida, las personas y la misión.
Lo que Dios hace en mí.
De Cristo y de la Virgen de Guadalupe.
Compartir la vida recibida.
El itinerario en una mirada
Cristo vive en mí
Salir al encuentroSoy hijo amado del Padre
Llamar por el nombre, mirar a la persona antes que su funciónEl amor recibido quiere salir
Despertar el corazón: asombro, belleza, lenguaje del otroCristo madura mi corazón en la prueba
Acompañar el camino sin soltar a la persona ni la misiónCristo me reúne con otros apóstoles
Discernir en comunión, aceptar ser corregidoCristo ama en mí al hermano
Servir levantando, sin apropiarse de la vida del otroLa vida de Cristo en mí engendra vida en otros
Confiar responsabilidad real, hacerse menos indispensableMaría me envía como a Juan Diego
Construir una casita que recibe y envíaEncuentro 01
Cristo vive en mí
Movimiento del TepeyacSALIR AL ENCUENTRO
Descargar este encuentroLa vida apostólica no comienza con una lista de cosas por hacer.
Comienza con una presencia.
Cristo vive en ti.
Desde el Bautismo, tu vida ha quedado unida a la suya. El Espíritu recibido quiere hacer crecer esa vida hasta alcanzar tus pensamientos, afectos, decisiones, relaciones y manera de servir.
Por eso el apóstol no sale al mundo simplemente llevando ideas sobre Cristo.
Lleva a Cristo dentro.
La misión comienza cuando esa vida recibida encuentra caminos para llegar a otros.
«Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20).
«También nosotros vivamos una vida nueva» (cf. Rm 6,4).
Por el Bautismo somos incorporados a Cristo, hechos hijos de Dios, miembros de su Iglesia y templos del Espíritu Santo. La Confirmación fortalece esta vida y concede una gracia especial para dar testimonio de Cristo con la palabra y con la vida. El Catecismo llama al bautizado «una nueva creatura» y «templo del Espíritu Santo» (CCC 1265).
Hay días en que quien sirve puede sentirse vacío.
No encuentra palabras, pierde entusiasmo, algo sale mal o comienza a comparar sus frutos con los de otros.
Entonces resulta fácil pensar que todo depende de su capacidad, su temperamento o su fuerza de voluntad.
Pero el apóstol no comienza cada mañana desde cero.
La gracia lo ha precedido.
Cristo ya está presente.
La oración, los sacramentos y la formación nos ayudan a reconocer y dejar crecer la vida que ya hemos recibido.
Esto cambia el modo de servir.
Ya no se trata solamente de preparar bien una catequesis, organizar una actividad o resolver una necesidad. También esas pequeñas acciones pueden convertirse en lugares donde Cristo mira, escucha, habla y sirve a través de nosotros.
La misión deja de ser únicamente trabajo para Cristo y comienza a ser vida de Cristo que se despliega en nosotros.
Juan Diego va de camino.
No está buscando una misión extraordinaria.
Escucha el canto, se acerca, es llamado.
La iniciativa no ha partido de él.
Antes de convertirse en mensajero, ha sido alcanzado.
El Tepeyac comienza con una iniciativa que lo precede.
Algo viene a buscar al hombre en medio de su camino ordinario y convierte ese camino en vocación.
Quien descubre que Dios tomó primero la iniciativa con él aprende a hacer lo mismo.
La pastoral puede acostumbrarnos a esperar:
El movimiento del Tepeyac va en otra dirección.
Pregunta:
¿Dónde están?
¿Por dónde caminan?
¿Quién dejó de venir?
¿Quién nunca se acercaría por sí mismo?
Salir al encuentro no significa necesariamente organizar una gran misión.
A veces significa acercarse a una persona que vemos todas las semanas y a la que nunca hemos escuchado realmente.
Repetir lentamente:
«Cristo vive en mí. Quiero dejarlo crecer».
Pensar en alguien que probablemente nunca se acercaría por sí mismo y acercarse a esa persona.
No invitarla a nada todavía.
No pedirle nada.
Encontrarla, y escucharla.
Reconocer que Cristo vive en mí y descubrir que esa presencia me pone en movimiento hacia otros.
Encuentro 02
Soy hijo amado del Padre
Movimiento del TepeyacLLAMAR POR EL NOMBRE
Descargar este encuentroAntes de servir, coordinar, enseñar, dirigir o producir fruto, eres hijo.
Y eres amado.
No tienes que ganarte un lugar en el corazón de Dios mediante tus resultados.
Quien se sabe amado puede entregarse sin tener que demostrar continuamente cuánto vale.
«Tú eres mi Hijo amado» (Mc 1,11).
«El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56).
Por la gracia bautismal somos hijos de Dios en Cristo. La Eucaristía alimenta esa unión, acrecienta la caridad, edifica la Iglesia y nos compromete con nuestros hermanos. Dios llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, «sus hijos de adopción, y por tanto herederos de su vida bienaventurada» (CCC 1).
Muchas heridas de la vida apostólica aparecen cuando intentamos obtener del servicio algo que sólo el amor de Dios puede darnos.
Necesitamos reconocimiento.
Nos cuesta que otro ocupe nuestro lugar.
Una corrección parece amenazar nuestro valor.
El fruto ajeno nos inquieta.
Quien comienza a descansar en la filiación vive todo esto de otra manera.
Puede escuchar una corrección sin sentir que pierde su lugar.
Puede alegrarse porque otro crece.
Puede servir sin ser visto.
Puede descansar.
Puede incluso cerrar una actividad querida si ya no sirve a la misión.
La Eucaristía educa esta manera de vivir.
Antes de enviarnos, Cristo se entrega.
El altar recuerda al apóstol que primero es hijo que recibe, y sólo después hermano que se entrega.
El encuentro comienza con una palabra sorprendentemente personal:
«Juanito, Juan Dieguito».
María no llama a una función.
Llama a una persona.
Pregunta adónde va.
Entra en su camino concreto.
Más tarde, en la angustia, volverá a recordarle que es el más pequeño de sus hijos y que está bajo su cuidado.
Antes que mensajero, Juan Diego es hijo.
La pastoral puede acostumbrarnos a ver:
El Tepeyac obliga a detenerse.
Antes de la función hay una persona.
Tiene historia.
Deseos.
Miedos.
Dones.
Una vocación que puede ser mucho mayor que la tarea que actualmente realiza.
Formar comienza muchas veces cuando alguien descubre que ha sido visto.
Antes de un servicio:
«Padre, hoy sirvo como hijo amado en tu Hijo».
Conversar con una persona del propio ambiente sin pedirle nada.
Escuchar algo de su historia.
Al terminar, decirle con sencillez un bien concreto que reconocemos en ella.
Servir desde una identidad recibida y comenzar a hacer que otras personas experimenten que son reconocidas antes que utilizadas.
Encuentro 03
El amor recibido quiere salir
Movimiento del TepeyacDESPERTAR EL CORAZÓN
Descargar este encuentroEl amor verdadero tiene una extraña incapacidad para quedarse encerrado.
Cuando alguien experimenta que Cristo lo ha buscado, perdonado, alimentado o sostenido, nace poco a poco un deseo:
que otros puedan conocer también esta vida.
La misión no es primero una obligación añadida a la fe.
Es el amor recibido que comienza a desbordarse.
«Como el Padre me envió, así os envío yo» (Jn 20,21).
«Id y haced discípulos» (Mt 28,19).
Toda la Iglesia participa en la misión apostólica. Cada fiel está llamado a ella según su propia vocación. «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (EG 1): esa alegría, y no el deber, es lo que primero envía.
Jesús formó a sus discípulos enviándolos.
Parte de su formación ocurrió mientras caminaban.
En la misión fueron descubriendo sus límites, aprendiendo a confiar y tocando la realidad herida.
Algo semejante ocurre con nosotros.
Quien visita a un enfermo termina rezando de otra manera.
Quien intenta compartir su fe descubre preguntas que nunca se había planteado.
Quien se acerca a una necesidad descubre también su propia pobreza.
La misión desarrolla lo recibido.
La fe se vuelve palabra.
La oración se vuelve cercanía.
La Eucaristía se vuelve pan compartido.
Antes de recibir una explicación o un encargo, el relato se detiene en lo que ocurre dentro de Juan Diego.
Su corazón se llena de alegría.
Se pregunta si merece lo que está escuchando y viendo.
Nadie le ha explicado todavía nada: ya ha sido tocado.
Después vendrá la misión.
El corazón se despierta antes de que las manos sean enviadas.
No toda evangelización debe comenzar explicando.
A veces el primer paso consiste en hacer posible el asombro: una bienvenida cuidada, un acto caritativo, una palabra amable, un espacio hermoso, una celebración vivida con alegría, una palabra que habla el lenguaje del otro.
La belleza no reemplaza la verdad.
Puede abrirle la puerta.
Y la inculturación no rebaja el Evangelio: busca la puerta por donde esa persona concreta puede recibirlo.
Pedir:
«Señor, que el amor que he recibido no termine en mí».
Elegir un encuentro pastoral que ya exista.
No organizar otra cosa.
Añadirle un solo gesto de belleza, hospitalidad o cuidado que ayude a abrir el corazón: la bienvenida, el espacio, una imagen, una música, unas palabras, un detalle.
Después observar qué produjo.
Descubrir que anunciar el Evangelio implica también aprender por dónde puede entrar en el corazón concreto del otro.
Encuentro 04
Cristo madura mi corazón en la prueba
Movimiento del TepeyacACOMPAÑAR EL CAMINO
Descargar este encuentroNo hay vida apostólica sin límites.
Hay cansancio.
Fracasos.
Rechazos.
Confusión.
Personas que no responden como esperábamos.
Momentos en que quisiéramos rodear el cerro.
La prueba puede destruir o puede madurar.
Mucho depende de cómo sea atravesada y de quién camine con nosotros.
«Llevamos este tesoro en vasijas de barro» (2 Cor 4,7).
«Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca» (Lc 22,32).
La esperanza sostiene al creyente en la dificultad y Cristo puede asociar nuestras pruebas a su misterio pascual. «No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual» (CCC 2015): también la prueba entra en el camino de la perfección.
No todo sufrimiento es bueno.
No todo cansancio debe soportarse.
Hay heridas que deben atenderse, injusticias que deben corregirse y situaciones que requieren pedir ayuda.
Pero existe también la dificultad propia de permanecer fiel.
No controlar los frutos.
Aceptar límites.
Reconocer que somos vasijas y no el tesoro.
Pedro fue formado también a través de su caída.
Después de descubrir su propia pobreza pudo mirar de otra manera la fragilidad ajena.
Quien ha sido sostenido aprende a sostener.
Juan Diego tiene un problema que la misión no había previsto.
Su tío está gravemente enfermo.
Tiene urgencia.
Cambia de camino.
Rodea el cerro.
Y allí ocurre algo extraordinariamente revelador:
María sale a su encuentro en el rodeo.
No comienza reprochándole.
Le pregunta qué sucede.
Escucha la razón de su camino.
Lo consuela.
Aclara la situación.
Y después vuelve a ponerlo en misión.
La dificultad no termina la relación.
Se convierte en parte de su formación.
Las personas tampoco crecen en línea recta.
Se cansan.
Se retrasan.
Se asustan.
Fracasan.
Tienen problemas que nuestros programas no habían previsto.
El formador puede limitarse a concluir:
«No cumplió».
O puede preguntar:
«¿Qué sucedió en su camino?»
Acompañar no significa justificar todo.
María vuelve a enviar a Juan Diego.
Pero no sacrifica a la persona para salvar el programa.
Une cuidado y misión.
Escucha y responsabilidad.
Paciencia y claridad.
Entregar a Cristo una dificultad concreta:
«Haz de esta prueba un lugar de confianza y crecimiento».
Buscar a una persona que se haya retrasado, alejado o fallado en algo.
Preguntarle primero:
«¿Qué pasó?»
Escuchar.
Después acordar juntos un solo siguiente paso posible.
Aprender una manera de acompañar capaz de sostener simultáneamente a la persona y su crecimiento.
Encuentro 05
Cristo me reúne con otros apóstoles
Movimiento del TepeyacDISCERNIR EN COMUNIÓN
Descargar este encuentroJesús no formó apóstoles solitarios.
Los llamó para estar con Él y para estar juntos.
Compartieron camino, mesa, preguntas, cansancio, correcciones, oración y misión.
La comunidad no fue simplemente una estructura necesaria para evangelizar.
Fue también parte de su formación.
«Instituyó a Doce, para que estuvieran con Él y para enviarlos» (Mc 3,14).
«Que todos sean uno… para que el mundo crea» (Jn 17,21).
La Iglesia es pueblo reunido por Dios y Cuerpo de Cristo. La Eucaristía construye y fortalece esa comunión. «El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio», recuerda el Proyecto Global de Pastoral (PGP 143).
Quien sirve aislado puede hacer mucho y volverse frágil.
Puede confundir su propia inspiración con la voluntad de Dios.
Puede agotarse sin que nadie lo advierta.
Puede hacer de la misión una propiedad personal.
Necesitamos una comunidad donde regresar con lo vivido.
Donde ser escuchados.
Corregidos.
Consolados.
Y nuevamente enviados.
Una verdadera comunidad apostólica es más que un equipo eficiente.
Es una casa que custodia el fuego.
La misión de Juan Diego no queda encerrada entre María y él.
Debe pasar por la Iglesia.
Juan Diego habla.
Zumárraga escucha.
Pregunta.
No acepta inmediatamente.
Pide una señal.
Juan Diego vuelve.
Finalmente llega el signo y el obispo se deja también conducir por aquello que recibe.
En el Tepeyac, ni el mensajero actúa solo ni la autoridad lo sabe todo de antemano.
Ambos deben escuchar.
La comunión no consiste en que todos piensen igual.
Consiste en reconocer que la misión no pertenece a ninguno de nosotros.
Por eso necesitamos escuchar.
Contrastar.
Revisar.
Aceptar preguntas.
Corregir caminos.
Una reunión apostólica puede hacer algo mucho más importante que repartir pendientes.
Puede detenerse ante una situación real y preguntar:
¿Qué está haciendo Dios aquí?
¿Qué nos está mostrando la realidad?
¿Qué necesitamos cambiar?
Pedir:
«Señor, líbrame de apropiarme de tu obra».
Llevar al grupo una sola situación pastoral real todavía no resuelta.
Antes de proponer soluciones, cada uno responde:
¿Qué estamos viendo?
¿Qué podría estar pidiéndonos Dios?
Sólo después decidir un paso.
Vivir la comunión no sólo como convivencia, sino como una manera eclesial de buscar juntos el camino de la misión.
Encuentro 06
Cristo ama en mí al hermano
Movimiento del TepeyacSERVIR LEVANTANDO
Descargar este encuentroLa caridad cristiana no consiste únicamente en sentir compasión.
Cristo quiere prolongar su amor mediante nuestro tiempo, nuestras manos, nuestra escucha y nuestras decisiones.
«Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).
«Amemos con obras y según la verdad» (1 Jn 3,18).
La caridad nos lleva a amar concretamente al prójimo, con una especial cercanía hacia quienes sufren y son pobres. El Catecismo llama obras de misericordia a las acciones con que «ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales» (CCC 2447).
La misericordia comienza transformando la mirada.
Ya no veo sólo un problema.
Veo una persona.
No veo únicamente una carencia.
Veo un hermano con historia, dignidad, dones y posibilidades.
Eso lleva a acciones concretas: escuchar, visitar, acompañar, defender cuando hace falta.
Pero también importa cómo ayudamos.
Podemos hacer el bien dejando involuntariamente al otro siempre debajo.
O podemos ayudar de tal manera que vuelva a descubrir su capacidad para ponerse de pie.
Juan Bernardino está enfermo.
La preocupación por él ha llevado a Juan Diego a cambiar su camino.
María no responde diciendo que la misión religiosa es más importante que aquella necesidad humana.
Atiende también a Juan Bernardino.
Lo sana.
Lo consuela.
Y el hombre que necesitaba ayuda recibe también una palabra y se convierte en testigo de lo sucedido.
El Tepeyac no contrapone evangelización y misericordia.
La compasión entra en el corazón mismo de la misión.
Hay momentos en que simplemente hay que dar: comida, medicina, tiempo, protección.
Pero cuando es posible, la misericordia cristiana da un paso más.
Pregunta:
¿Qué piensa esta persona?
¿Qué puede decidir?
¿Qué sabe hacer?
¿Qué puede aportar?
¿Qué responsabilidad puede asumir?
La persona necesitada no deja de tener dones porque atraviese una necesidad.
Servir bien significa ayudar sin apropiarnos de la vida del otro.
Ante una persona concreta:
«Jesús, enséñame a mirarla con tus ojos».
Realizar un servicio concreto y añadir una pregunta:
«¿Tú qué necesitas?»
y, cuando corresponda:
«¿Cómo podrías participar tú?»
Hacer con la persona todo lo que razonablemente pueda hacerse con ella, y no solamente por ella.
Aprender una misericordia que socorre sin disminuir, y que reconoce en el necesitado a un hermano capaz también de ofrecer algo.
Encuentro 07
La vida de Cristo en mí engendra vida en otros
Movimiento del TepeyacCONFIAR Y FORMAR
Descargar este encuentroHay un momento en que la pregunta del apóstol cambia.
Al principio pregunta:
¿Qué puedo hacer?
Después comienza a preguntar:
¿A quién puedo ayudar a crecer?
La misión madura cuando la vida recibida comienza a generar vida en otros.
«Apacienta mis ovejas» (Jn 21,17).
«Para edificación del Cuerpo de Cristo» (Ef 4,12).
Los dones recibidos son para edificar la Iglesia y el verdadero apostolado brota de la unión con Cristo. «Por el bautismo y la confirmación, todos estamos llamados a ser responsables de la misión que Jesús nos encomendó» (PGP 79).
Formar a otros exige una conversión silenciosa.
Podemos hablar mucho de multiplicar líderes y necesitar, sin embargo, que todo pase por nuestras manos.
Nos cuesta delegar.
Corregimos demasiado pronto.
No permitimos errores.
Nos inquieta que otro haga las cosas de manera diferente.
Jesús llamó, convivió, explicó, envió, permitió aprendizaje, corrigió, perdonó y volvió a confiar.
La fecundidad tiene algo de generación:
la vida continúa más allá de nosotros.
Cuando el obispo no le cree, María no interviene en su lugar.
Lo envía de nuevo, con más responsabilidad, no con menos.
Después le confía algo todavía mayor: el signo mismo, que deberá llevar él, con sus propias manos, en su propia tilma.
Cada vez que Juan Diego podría haber sido reemplazado, María elige en cambio confiarle un paso más.
No es figurante de una obra que otros realizan.
Y, sin embargo, la obra sigue siendo mucho mayor que él.
Confiar de verdad es dar, cada vez, un poco más — no hacer el trabajo en lugar del otro.
Quizá ésta sea una de las preguntas centrales de todo el itinerario:
¿Estoy formando apóstoles o acumulando colaboradores?
El colaborador ayuda a realizar algo que yo conduzco.
El apóstol comienza a descubrir también la responsabilidad que Dios le confía.
Formar supone:
El objetivo no es que todos hagan las cosas como yo.
Es que aprendan a responder a Dios.
Pedir:
«Señor, dame ojos para reconocer lo que estás haciendo crecer en otros».
Elegir una persona concreta.
Confiarle una responsabilidad real, pequeña pero completa.
Acordar:
Hasta esa revisión, evitar intervenir salvo que sea realmente necesario.
Comenzar a pasar de hacer mucho personalmente a engendrar personas capaces de asumir y transmitir la misión.
Encuentro 08
María me envía como a Juan Diego
Movimiento del TepeyacCONSTRUIR UNA CASITA QUE RECIBE Y ENVÍA
Descargar este encuentroDespués de este camino, las palabras «Yo soy Juan Diego» pueden pronunciarse de otra manera.
No significan:
yo soy protagonista de una gran obra.
Significan:
también mi pequeñez puede convertirse en camino para que Dios llegue a otros.
He sido encontrado.
Amado.
Habitado.
Acompañado.
Reunido.
Levantado.
Y enviado.
Ahora la vida recibida busca continuar.
«Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5).
«Como el Padre me envió, así os envío yo» (Jn 20,21).
La maternidad de María conduce siempre hacia Cristo y la Iglesia prolonga en la historia la misión recibida del Señor. «En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en un discípulo misionero»: cualquiera que sea su función en la Iglesia, «es un agente evangelizador» (EG 120).
Aceptar una misión no exige imaginarse grande.
Exige estar disponible.
Dios trabaja con nuestra realidad concreta:
Una tela sencilla puede portar un signo que la supera.
Ésa puede ser una imagen del apóstol.
No necesita fabricar por sí mismo aquello que debe entregar.
Necesita ofrecerse.
El fruto pertenece a Dios.
Desde el primer encuentro, María expresa un deseo que supera a Juan Diego:
una casita.
No un lugar para exaltar al mensajero.
Un lugar para otros.
Para mostrar amor.
Escuchar.
Consolar.
Remediar.
La misión individual de Juan Diego termina sirviendo al nacimiento de algo comunitario.
Él lleva el mensaje y el signo.
Pero la obra permanece abierta después de él.
Toda misión madura necesita alguna forma de casita.
Puede ser una familia, una parroquia, una escuela, un pequeño grupo, incluso un espacio digital.
No se define por las paredes.
Se reconoce porque allí las personas pueden ser:
La casita no acumula personas alrededor de sí.
Las prepara para que lleven el don más lejos.
Ponerse bajo la mirada de María:
«Madre, aquí estoy. Llévame a Cristo y envíame».
No diseñar un proyecto grande.
Completar sólo estas cinco frases:
Soy enviado a…
El primer paso que daré es…
Lo haré con…
Quiero comenzar a ayudar a crecer a…
Revisaré este paso el…
Y realizar el primer paso.
Reconocerme como un Juan Diego de hoy y comenzar a construir, con otros, lugares donde la vida recibida pueda seguir multiplicándose.
Los ocho encuentros pueden conservarse finalmente en ocho verbos.
No limitarse a esperar.
Mirar a la persona antes que su función.
Abrir caminos para que el don pueda ser recibido.
Sostener los procesos sin abandonar ni a la persona ni la misión.
Recordar que la misión pertenece a Dios y buscar juntos su camino.
Ayudar de manera que el otro pueda ponerse de pie.
Entregar responsabilidad verdadera y aprender a hacerse menos indispensable.
Crear comunidad para que el don siga pasando a otros.
Los ocho movimientos no son técnicas independientes: cada uno nace de algo que antes hemos recibido, y se convierte, sin esfuerzo añadido, en un modo de tratar a los demás.
Ésta es la unidad profunda entre INTERIORIDAD APOSTÓLICA + ESTILO PASTORAL: no imitamos por fuera las conductas de María. Dejamos que la manera como Dios nos trata se convierta en nuestra manera de tratar a los demás.
Los ocho encuentros terminan.
La misión no.
No hacen falta necesariamente más actividades.
Hace falta permanecer.
Revisar.
Aprender.
Caminar con otros.
Asumir nuevas responsabilidades cuando corresponda.
Y comenzar a hacer con otros lo que Dios ha ido haciendo con nosotros.
Da el siguiente paso concreto. No conviertas tu envío en una aventura solitaria: camina con otros, y busca a alguien en quien puedas creer.
El fruto más hermoso del camino no será poder decir solamente YO SOY JUAN DIEGO, sino comenzar a escuchar a otros decirlo también.
Podemos regresar periódicamente a una sola pregunta:
¿La vida de Cristo está creciendo en nosotros y llegando, a través de nosotros, a más personas?
Si la respuesta empieza a tener nombres, rostros, encuentros, obras de misericordia, comunidades y nuevos apóstoles, el método guadalupano habrá dejado de ser únicamente un tema de formación.
Habrá comenzado a convertirse en una manera de evangelizar.
Déjate formar como Juan Diego.
Aprende a formar al estilo de Guadalupe.
Sal al camino.
Guía sencilla
Cristo vive en mí
La misión comienza reconociendo la presencia y la iniciativa de Dios en la propia vida.
Reconocer que Cristo vive y actúa en mí, y que su presencia me impulsa a salir al encuentro.
Soy hijo amado del Padre
Antes de cualquier función o servicio, el apóstol recibe de Dios una identidad y un amor.
Aprender a servir desde la filiación y a mirar a cada persona antes que su función.
El amor recibido quiere salir
La misión no nace primero del deber, sino de un amor recibido que busca llegar a otros.
Descubrir la misión como desbordamiento y aprender a abrir caminos hacia el corazón.
Cristo madura mi corazón en la prueba
Las dificultades pueden convertirse en lugares de formación cuando son acompañadas con verdad y esperanza.
Aprender a atravesar la prueba y a acompañar procesos sin abandonar a la persona ni la misión.
Cristo me reúne con otros apóstoles
La misión pertenece a Dios y necesita escucha, comunión, contraste y discernimiento.
Reconocer la necesidad de los demás y aprender a discernir y corregir el camino en comunión.
Cristo ama en mí al hermano
La misericordia cristiana ayuda de forma concreta, respetando la dignidad y los dones del otro.
Aprender a servir levantando, de modo que la persona pueda participar y ponerse de pie.
La vida de Cristo en mí engendra vida en otros
La fecundidad apostólica aparece cuando confiamos responsabilidades verdaderas y ayudamos a otros a crecer.
Pasar de hacerlo todo personalmente a formar y enviar nuevos apóstoles.
María me envía como a Juan Diego
La misión recibida desemboca en una comunidad que acoge, acompaña, forma y vuelve a enviar.
Reconocerse enviado y dar un paso concreto para construir una casita que recibe y envía.