Introducción
1Diez años después de conquistada la ciudad de México, cuando ya estaban depuestas las flechas, los escudos, cuando por todas partes había paz en los pueblos,
2así como brotó, ya verdece, ya abre su corola la fe, el conocimiento de Aquél por quien se vive: el verdadero Dios.
3En aquella sazón, el año 1531 a los pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un indito, un pobre hombre del pueblo,
4su nombre era Juan Diego, según se dice, vecino de Cuauhtitlán,
5y en las cosas de Dios, en todo pertenecía a Tlatilolco.
6Era sábado, muy de madrugada, venía en pos de Dios y de sus mandatos.
7Y al llegar cerca del cerrito llamado Tepeyac ya amanecía.
Primera aparición
8Oyó cantar sobre el cerrito, como el canto de muchos pájaros finos; al cesar sus voces, como que les respondía el cerro, sobremanera suaves, deleitosos, sus cantos sobrepujaban al del coyototl y del Tzinitzcan y al de otros pájaros finos.
9Se detuvo a ver Juan Diego. Se dijo: ¿Por ventura soy digno, soy merecedor de lo que oigo? ¿Quizá nomás lo estoy soñando? ¿Quizá solamente lo veo como entre sueños?
10¿Dónde estoy? ¿Dónde me veo? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos nuestros antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento; acaso en la tierra celestial?
11Hacia allá estaba viendo arriba del cerrillo, del lado de donde sale el sol, de donde procedía el precioso canto celestial.
12Y cuando cesó de pronto el canto, cuando dejó de oírse, entonces oyó que lo llamaban, de arriba del cerrito, le decían: "Juanito, Juan Dieguito".
13Luego se atrevió a ir a donde lo llamaban; ninguna turbación pasaba en su corazón ni ninguna cosa lo alteraba, antes bien se sentía alegre y contento por todo extremo; fue a subir al cerrillo para ir a ver de dónde lo llamaban.
14Y cuando llegó a la cumbre del cerrillo, cuando lo vió una Doncella que allí estaba de pie,
15lo llamó para que fuera cerca de Ella.
16Y cuando llegó frente a Ella mucho admiró en qué manera sobre toda ponderación aventajaba su perfecta grandeza:
17Su vestido relucía como el sol, como que reverberaba,
18Y la piedra, el risco en el que estaba de pie, como que lanzaba rayos;
19el resplandor de Ella como preciosas piedras, como ajorca —todo lo más bello— parecía;
20la tierra como que relumbraba con los resplandores del arcoiris en la niebla.
21Y los mezquites y nopales y las demás hierbecillas que allí se suelen dar, parecían como esmeraldas. Como turquesa aparecía su follaje. Y su tronco, sus espinas, sus aguates, relucían como el oro.
22En su presencia se postró. Escuchó su aliento, su palabra, que era extremadamente glorificadora, sumamente afable, como de quien lo atraía y estimaba mucho.
23Le dijo: "Escucha hijo mío el menor, juanito. ¿A dónde te diriges?”
24Y él le contestó: "Mi Señora, Reina, Muchachita mía, allá llegaré, a tu casita de México Tlatilolco, a seguir las cosas de Dios que nos dan, que nos enseñan quienes son las imágenes de Nuestro Señor, nuestros Sacerdotes".
25En seguida, con esto dialoga con él, le descubre su preciosa voluntad;
26le dice: “Sábelo, ten por cierto hijo mío, el más pequeño, que yo soy la Perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive, el creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada.
27En donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto:
28Lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación:
29Porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva,
30tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno,
31y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí,
32porque ahí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores.
33Y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del Obispo de México, y le dirás cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo; todo le contarás, cuanto has visto y admirado, y lo que has oído.
34Y ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré.
35que por ello te enriqueceré, te glorificaré.
36y mucho de allí merecerás con que yo te retribuya tu cansancio, tu servicio con que vas a solicitar el asunto al que te envío.
37ya has oído, hijo mío el menor, mi aliento, mi palabra; anda, haz lo que esté de tu parte”.
Primera visita al obispo
38E inmediatamente en su presencia se postró; le dijo: "Señora mía, Niña, ya voy a realizar tu venerable aliento, tu venerable palabra; por ahora de Tí me aparto, yo, tu pobre indito".
39Luego vino a bajar para poner en obra su encomienda: vino a encontrar la calzada, viene derecho a México.
40Cuando vino a llegar al interior de la ciudad, luego fué derecho al Palacio del Obispo, que muy recientemente había llegado, Gobernante Sacerdote; su nombre era D. Fray Juan de Zumárraga, Sacerdote de San Francisco.
41En cuanto llegó, luego hace el intento de verlo, les ruega a sus servidores, a sus ayudantes, que vayan a decírselo;
42después de pasado largo rato vinieron a llamarlo, cuando mandó el Señor Obispo que entrara.
43Y en cuanto entró, luego ante él se arrodilló, se postró, luego ya le descubre, le cuenta el precioso aliento, la preciosa palabra de la Reina del Cielo, su mensaje, y también le dice todo lo que admiró, lo que vió, lo que oyó.
44Y habiendo escuchado toda su narración, su mensaje, como que no mucho lo tuvo por cierto,
45le respondió, le dijo: "Hijo mío, otra vez vendrás, aún con calma te oiré, bien aún desde el principio miraré, consideraré la razón por la que has venido, tu voluntad, tu deseo".
Segunda aparición
46Salió; venía triste, porque no se realizó de inmediato su encargo.
47Luego se volvió, al terminar el día, luego de allá se vino derecho a la cumbre del cerrillo,
48y tuvo la dicha de encontrar a la Reina del Cielo: allí cabalmente donde la primera vez se le apareció, lo estaba esperando.
49Y en cuanto la vió, ante Ella se postró, se arrojó por tierra, le dijo:
50"Patroncita, Señora, Reina, Hija mía la más pequeña, mi Muchachita, ya fui a donde me mandaste a cumplir tu amable aliento, tu amable palabra, aunque difícilmente entré a donde es el lugar del Gobernante Sacerdote, lo ví, ante él expuse tu aliento, tu palabra, como me lo mandaste.
51Me recibió amablemente y lo escuchó perfectamente, pero, por lo que me respondió, como que no lo entendió, no lo tiene por cierto.
52Me dijo: "Otra vez vendrás; aún con calma te escucharé, bien aún desde el principio veré por lo que has venido, tu deseo, tu voluntad.
53Bien en ello miré, según me respondió, que piensa que tu casa que quieres que te hagan aquí, tal vez yo nada más lo invento, o que tal vez no es de tus labios;
54mucho te suplico, Señora mía, Reina, Muchachita mía, que a alguno de los nobles, estimados, que sea conocido, respetado, honrado, le encargues que conduzca, que lleve tu amable aliento, tu amable palabra para que le crean.
55Porque en verdad yo soy un hombre del campo, soy mecapal, soy parihuela, soy cola, soy ala; yo mismo necesito ser conducido, llevado a cuestas, no es lugar de mi andar ni de mí detenerme allá a donde me envías, Virgencita mía, Hija mía menor, Señora Niña;
56Por favor dispénsame: afligiré con pena tu rostro, tu corazón; iré a caer en tu enojo, en tu disgusto, Señora Dueña mía".
57Le respondió la perfecta Virgen, digna de honra y veneración:
58“ Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quienes encargué que lleven mi aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad;
59pero es muy necesario que tú, personalmente vayas, ruegues que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad.
60y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo.
61y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le pido.
62y bien, de nuevo dile de que modo yo, personalmente, la Siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios, te mando”.
63Juan Diego, por su parte, le respondió, le dijo: "Señora mía, Reina, Muchachita mía, que no angustie yo con pena tu rostro, tu corazón; con todo gusto iré a poner por obra tu aliento, tu palabra; de ninguna manera lo dejaré de hacer, ni estimo por molesto el camino.
64Iré a poner en obra tu voluntad, pero tal vez no seré oído, y si fuere oído quizás no seré creído.
65Mañana en la tarde, cuando se meta el sol, vendré a devolver a tu palabra, a tu aliento, lo que me responda el Gobernante Sacerdote.
66Ya me despido de Tí respetuosamente, Hija mía la más pequeña, Jovencita, Señora, Niña mía, descansa otro poquito”.
Segunda visita al obispo
67Y luego se fué él a su casa a descansar.
68Al día siguiente, Domingo, bien todavía en la nochecilla, todo aún estaba oscuro, de allá salió, de su casa, se vino derecho a Tlatilolco, vino a saber lo que pertenece a Dios y a ser contado en lista; luego para ver al Señor Obispo.
69Y a eso de las diez fue cuando ya estuvo preparado: se había oído Misa y se había nombrado lista y se había dispersado la multitud.
70Y Juan Diego luego fué al palacio del Señor Obispo.
71Y en cuanto llegó hizo toda la lucha por verlo, y con mucho trabajo y otra vez lo vió;
72a sus pies se hincó, lloró, se puso triste al hablarle, al descubrirle la palabra, el aliento de la Reina del Cielo,
73que ojalá fuera creída la embajada, la voluntad de la Perfecta Virgen, de hacerle, de erigirle su casita sagrada, en donde había dicho, la quería.
74Y el Gobernante Obispo muchísimas cosas le preguntó, le investigó, para poder cerciorarse, dónde la había visto, cómo era Ella; todo absolutamente se lo contó al Señor Obispo.
75Y aunque todo absolutamente se lo declaró, y en cada cosa vió, admiró que aparecía con toda claridad que Ella era la Perfecta Virgen, la Amable, Maravillosa Madre de Nuestro Salvador Nuestro Señor Jesucristo,
76sin embargo, no luego se realizó.
77Dijo que no sólo por su palabra, su petición se haría, se realizaría lo que él pedía,
78que era muy necesaria alguna otra señal para poder ser creído cómo a él lo enviaba la Reina del Cielo en persona.
79Tan pronto como lo oyó Juan Diego, le dijo al Obispo:
80"Señor Gobernante, considera cuál sería la señal que pides, porque luego iré a pedírsela a la Reina del Cielo que me envió".
81Y habiendo visto el Obispo que ratificaba, que en nada vacilaba ni dudaba, luego lo despacha.
82Y en cuanto se viene, luego les manda a algunos de los de su casa en los que tenía absoluta confianza, que lo vinieran siguiendo, que bien lo observaran a dónde iba, a quién veía, con quién hablaba.
83Y así se hizo. Y Juan Diego luego se vino derecho. Siguió la calzada,
84y los que lo seguían, donde sale la barranca cerca del Tepeyac, en el puente de madera lo vinieron a perder. Y aunque por todas partes buscaron, ya por ninguna lo vieron.
85Y así se volvieron. No sólo porque con ello se fastidiaron grandemente, sino también porque les impidió su intento, los hizo enojar.
86Así le fueron a contar al Señor Obispo, le metieron en la cabeza que no le creyera, le dijeron cómo nomás le contaba mentiras, que nada más inventaba lo que venía a decirle, o que sólo soñaba o imaginaba lo que le decía, lo que le pedía.
87Y bien así lo determinaron que si otra vez venía, regresaba, allí lo agarrarían, y fuertemente lo castigarían, para que ya no volviera a decir mentiras ni a alborotar a la gente.
Tercera aparición
88Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del Señor Obispo;
89la que, oída por la Señora, le dijo:
90“Bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido;
91con esto te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de tí sospechará;
92Y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido;
93Ea, vete ahora, que mañana aquí te aguardo”.
La enfermedad del tío
94Y al día siguiente, Lunes, cuando debía llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió.
95Porque cuando fué a llegar a su casa, a un su tío, de nombre Juan Bernardino, se le había asentado la enfermedad, y estaba muy grave.
96Aún fué a llamarle al médico, aún hizo por él, pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave.
97Y cuando anocheció, le rogó su tío que cuando aún fuera de madrugada, cuando aún estuviera oscuro, saliera a llamar a Tlatilolco algún Sacerdote para que fuera a confesarlo, para que fuera a prepararlo,
98porque estaba seguro de que ya era el tiempo, ya el lugar de morir, porque ya no se levantaría, ya no se curaría.
Cuarta aparición
99Y el Martes, siendo todavía mucho muy de noche, de allá vino a salir, de su casa, Juan Diego, a llamar el Sacerdote a Tlatilolco,
100y cuando ya acertó a llegar al lado del cerrito terminación de la sierra, al pie, donde sale el camino, de la parte en que el sol se mete, en donde antes él saliera, dijo:
101"Si me voy derecho por el camino, no vaya a ser que me vea esta Señora y seguro, como antes, me detendrá para que le lleve la señal al gobernante eclesiástico como me lo mandó;
102que primero nos deje nuestra tribulación; que antes yo llame de prisa al Sacerdote religioso; mi tío no hace más que aguardarlo".
103Enseguida le dió la vuelta al cerro, subió por en medio y de ahí atravesando, hacia la parte oriental fue a salir, para rápido ir a llegar a México para que no lo detuviera la Reina del Cielo.
104Piensa que por donde dió la vuelta no lo podrá ver la que perfectamente a todas partes está mirando.
105La vió cómo vino a bajar de sobre el cerro, y que de allí lo había estado mirando, de donde antes lo veía.
106Le vino a salir al encuentro a un lado del cerro, le vino a atajar los pasos; le dijo:
107“¿Qué pasa, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde vas, a dónde te diriges?”.
108Y él, ¿tal vez un poco apenado, o quizá se avergonzó?, ¿o tal vez de ello se espantó, se puso temeroso?
109En su presencia se postró, la saludó, le dijo:
110"Mi Jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta; ¿cómo amaneciste? ¿Acaso sientes bien tu amado cuerpecito, Señora mía, Niña mía?
111Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón; te hago saber, Muchachita mía, que está muy grave un servidor tuyo, tío mío.
112Una gran enfermedad se le ha asentado, seguro que pronto va a morir de ella.
113Y ahora iré de prisa a tu casita de México, a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor, de nuestros Sacerdotes, para que vaya a confesarlo y a prepararlo,
114porque en realidad para ello nacimos, los que vinimos a esperar el trabajo de nuestra muerte.
115Más, si voy a llevarlo a efecto, luego aquí otra vez volveré para ir a llevar tu aliento, tu palabra, Señora, Jovencita mía.
116Te ruego me perdones, tenme todavía un poco de paciencia, porque con ello no te engaño, Hija mía la menor, Niña mía, mañana sin falta vendré a toda prisa".
117En cuanto oyó las razones de Juan Diego, le respondió la Piadosa Perfecta Virgen:
118“Escucha, ponlo en tu corazón hijo mío el menor, que no es nada lo que espanto, lo que te afligió que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra cosa punzante, aflictiva.
119¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?
120Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya está bueno”.
121(Y luego en aquél mismo momento sanó su tío, como después se supo.)
122Y Juan Diego, cuando oyó la amable palabra, el amable aliento de la Reina del Cielo, muchísimo con ello se consoló, bien con ello se apaciguó su corazón,
123y le suplicó que inmediatamente la mandara a ver al Gobernador Obispo, a llevarle algo de señal, de comprobación, para que creyera.
124Y la Reina Celestial luego le mandó que subiera a la cumbre del cerrillo, en donde antes la veía;
125Le dijo: “Sube, hijo mío el menor a la cumbre del cerrillo, a donde me viste y te dí órdenes;
126allí verás que hay variadas flores: córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas; luego baja aquí; tráelas aquí, a mi presencia”.
127Y Juan Diego luego subió al cerrillo,
128y cuando llegó a la cumbre, mucho admiró cuantas había, florecidas, abiertas sus corolas, flores las más variadas, bellas y hermosas, cuando todavía no era su tiempo;
129porque de veras que en aquella sazón arreciaba el hielo;
130estaban difundiendo un olor suavísimo; como perlas preciosas, como llenas de rocío nocturno.
131Luego comenzó a cortarlas, todas las juntó, las puso en el hueco de su tilma.
132Por cierto que en la cumbre del cerrito no era lugar en que se dieran ningunas flores, sólo abundan los riscos, abrojos, espinas; nopales, mezquites,
133y si acaso algunas hierbecillas se solían dar, entonces era el mes de Diciembre, en que todo lo come, lo destruye el hielo.
134Y en seguida vino a bajar, vino a traerla a la Niña Celestial las diferentes flores que había ido a cortar,
135y cuando las vió, con sus venerables manos las tomó;
136luego otra vez se las vino a poner todas juntas en el hueco de su ayate, le dijo:
137“Mi hijito menor, éstas diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al Obispo;
138de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo, y que por ello realice mi querer, mi voluntad.
139Y tú... tu que eres mi mensajero... en tí absolutamente se deposita la confianza,
140y mucho te mando con rigor que nada más a solas, en la presencia del Obispo, extiendas tu ayate, y le enseñes lo que llevas.
141Y le contarás todo puntualmente, le dirás que te mandé que subieras a la cumbre del cerrito a cortar flores, y cada cosa que viste y admiraste,
142para que puedas convencer al Gobernante Sacerdote, para que luego ponga lo que está de su parte para que se haga, se levante mi templo que le he pedido”.
La señal ante el obispo
143Y en cuanto le dió su mandato la Celestial Reina, vino a tomar la calzada, viene derecho a México, ya viene contento.
144Ya así viene sosegado su corazón, porque vendrá a salir bien, lo llevará perfectamente.
145Mucho viene cuidando lo que está en el hueco de su vestidura, no vaya a ser que algo tire;
146viene disfrutando el aroma de las diversas preciosas flores.
147Cuando vino a llegar al Palacio del Obispo, lo fueron a encontrar el portero y los demás servidores del Sacerdote Gobernante,
148y les suplicó que le dijeran cómo deseaba verlo, pero ninguno quiso; fingían que no le entendían, o tal vez porque aún estaba muy oscuro;
149o tal vez porque ya lo conocían que nomás los molestaba, los importunaba,
150y ya les habían contado sus compañeros, los que lo fueron a perder de vista cuando lo fueron siguiendo.
151Durante muchísimo rato estuvo esperando la razón.
152Y cuando vieron que por muchísimo rato estuvo allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si era llamado, y como que algo traía, lo llevaba en el hueco de su tilma; luego pues, se le acercaron para ver qué traía y desengañarse.
153Y cuando vió Juan Diego que de ningún modo podía ocultarles lo que llevaba y que por eso lo molestarían, lo empujarían o tal vez lo aporrearían, un poquito les vino a mostrar que eran flores.
154Y cuando vieron que todas eran finas, variadas flores y que no era tiempo entonces de que se dieran, las admiraron mucho, lo frescas que estaban, lo abiertas que tenían sus corolas, lo bien que olían, lo bien que parecían.
155Y quisieron coger y sacar unas cuantas;
156tres veces sucedió que se atrevieron a cogerlas, pero de ningún modo pudieron hacerlo,
157porque cuando hacían del intento ya no podían ver las flores, sino que, a modo de pintadas, o bordadas, o cosidas en la tilma las veían.
158Inmediatamente fueron a decirle al Gobernante Obispo lo que habían visto,
159cómo deseaba verlo el indito que otras veces había venido, y que ya hacía muchísimo rato que estaba allí aguardando el permiso, porque quería verlo.
160El Gobernante Obispo, en cuanto lo oyó, dió en la cuenta de que aquello era la prueba para convencerlo, para poner en obra lo que solicitaba el hombrecito.
161En seguida dió orden de que pasara a verlo.
162Y habiendo entrado en su presencia se postró, como ya antes lo había hecho.
163Y de nuevo le contó lo que había visto, admirado, y su mensaje.
164Le dijo: "Señor mío, Gobernante, ya hice, ya llevé a cabo según me mandaste;
165así fuí a decirle a la Señora mi Ama, la Niña Celestial, Santa María, la Amada Madre de Dios, que pedías una prueba para poder creerme, para que le hicieras su casita sagrada, en donde te la pedía que la levantaras;
166y también le dije que te había dado mi palabra de venir a traerte alguna señal, alguna prueba de su voluntad, como me lo encargaste.
167Y escuchó bien tu aliento, tu palabra, y recibió con agrado tu petición de la señal, de la prueba, para que se haga, se verifique su amada voluntad.
168Y ahora, cuando era todavía de noche, me mandó para que otra vez viniera a verte;
169y le pedí la prueba para ser creído, según había dicho que me la daría, e inmediatamente lo cumplió.
170Y me mandó a la cumbre del cerrito en donde antes yo la había visto, para que allí cortara diversas rosas de Castilla.
171Y cuando las fuí a cortar, se las fuí a llevar allá abajo;
172y con sus santas manos las tomó,
173de nuevo en el hueco de mi ayate las vino a colocar,
174para que te las viniera a traer, para que a tí personalmente te las diera.
175Aunque bien sabía yo que no es lugar donde se den flores la cumbre del cerrito, porque sólo hay abundancia de riscos, abrojos, huizaches, nopales, mezquites, no por ello dudé, no por ello vacilé.
176Cuando fuí a llegar a la cumbre del cerrito miré que ya era el paraíso.
177Allí estaban ya perfectas todas las diversas flores preciosas, de lo más fino que hay, llenas de rocío, esplendorosas, de modo que luego las fuí a cortar;
178y me dijo que de su parte te las diera, ya que ya así yo probaría, que vieras la señal que le pedías para realizar su amada voluntad,
179y para que aparezca que es verdad mi palabra, mi mensaje,
180aquí las tienes; hazme favor de recibirlas".
181Y luego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco había colocado las flores.
182Y así como cayeron al suelo todas las variadas flores preciosas,
183luego allí se convirtió en señal, se apareció de repente la Amada Imagen de la Perfecta Virgen Santa María, Madre de Dios, en la forma y figura en que ahora está,
184en donde ahora es conservada en su amada casita, en su sagrada casita en el Tepeyac, que se llama Guadalupe.
185Y en cuanto la vió el Obispo Gobernante y todos los que allí estaban, se arrodillaron, mucho la admiraron,
186se pusieron de pie para verla, se entristecieron, se afligieron, suspenso el corazón, el pensamiento...
187Y el Obispo Gobernante con llanto, con tristeza, le rogó, le pidió perdón por no luego haber realizado su voluntad, su venerable aliento, su venerable palabra.
188Y cuando se puso de pie, desató el cuello de donde estaba atada, la vestidura, la tilma de Juan Diego
189en la que se apareció, en donde se convirtió en señal de la Reina Celestial.
190Y luego la llevó; allá la fue a colocar a su oratorio.
El templo y la curación del tío
191Y todavía allí pasó un día Juan Diego en la Casa del Obispo, aún lo detuvo.
192Y al día siguiente le dijo: "Anda, vamos a que muestres dónde es la voluntad de la Reina del Cielo que le erijan su templo”.
193De inmediato se convidó gente para hacerlo, levantarlo.
194Y Juan Diego, en cuanto mostró en dónde había mandado la Señora del Cielo que se erigiera su casita sagrada, luego pidió permiso:
195quería ir a su casa para ir a ver a su tío Juan Bernardino, que estaba muy grave cuando lo dejó para ir a llamar a un sacerdote a Tlatilolco para que lo confesara y lo dispusiera, de quien le había dicho la Reina del Cielo que ya había sanado.
196Pero no lo dejaron ir solo, sino que lo acompañaron a su casa.
197Y al llegar vieron a su tío que ya estaba sano, absolutamente nada le dolía.
198Y él, por su parte, mucho admiró la forma en que su sobrino era acompañado y muy honrado;
199le preguntó a su sobrino por qué así sucedía, el que mucho le honraran;
200Y él dijo cómo cuando lo dejó para ir a llamarle un sacerdote para que lo confesara, lo dispusiera, allá en el Tepeyac se le apareció la Señora del Cielo;
201y lo mandó a México a ver al Gobernante Obispo, para que allí le hiciera una casa en el Tepeyac.
202Le dijo que no se afligiera, que ya su tío estaba contento, y con ello mucho se consoló.
203Le dijo su tío que era cierto, que en aquel preciso momento lo sanó,
204y la vió exactamente en la misma forma en que se le había aparecido a su sobrino,
205y le dijo cómo a él también lo había enviado a México a ver al Obispo;
206y que también, cuando fuera a verlo, que todo absolutamente le descubriera, le platicara lo que había visto
207y la manera maravillosa en que lo había sanado.
208Y que bien así la llamaría, bien así se nombraría: La Perfecta Virgen Santa María de Guadalupe, su Amada Imagen.
Epílogo
209Y luego trajeron a Juan Bernardino a la presencia del Gobernante Obispo, lo trajeron a hablar con él, a dar testimonio,
210y junto con su sobrino Juan Diego, los hospedó en su casa el Obispo unos cuantos días,
211en tanto que se levantó la casita sagrada de la Niña Reina allá en el Tepeyac, donde se hizo ver de Juan Diego.
212Y el Señor Obispo trasladó a la Iglesia Mayor la amada Imagen de la Amada Niña Celestial.
213La vino a sacar de su palacio, de su oratorio en donde estaba para que todos la vieran, la admiraran, su amada Imagen.
214Y absolutamente toda esta Ciudad, sin faltar nadie, se estremeció cuando vino a ver, a admirar su preciosa Imagen.
215Venían a reconocer su carácter divino.
216Venían a presentarle sus plegarias.
217Muchos admiraron en qué milagrosa manera se había aparecido,
218puesto que absolutamente ningún hombre de la tierra pintó su amada Imagen.
